– ¡Ay que no puedo, ay que no aguanto..! – chillaba el escudo mientras nuestro querido guerrero miraba suplicante hacia un lado y hacia otro sin saber qué hacer, sin poder pedir ayuda porque no había nadie. ¿Qué coño le estaba pasando al escudo? ¿Acaso eso era normal? No lo podía comprender, pues él sólo había asistido a un parto, al suyo, y le habían aporreado tanto que no se acordaba nada (nadie dice que el verdadero motivo es porque el trauma que tiene aquél/la que recuerda su parto es de por vida y no quiere hacer sufrir lo mismo a sus hijos).

Y mientras nuestro querido guerrero corría de un lado buscando cosas que podían ser útiles: toallas, gasas, agua hirviendo y alcohol, el pueblo entero corría huyendo de sus salvadores porque habían cabreado a la mula reina.

– ¡¡QUE YA VIENE, QUE YA VIENE!! – Chilló Lechuga.

– ¿¡Que ya viene el qué!? – le preguntó desesperado nuestro querido guerrero.

De golpe, un ruido estruendoso se acercaba cada vez más y más. Lechuga, se iba deformando poco a poco cada vez más, parecía que iba a vomitar algo muy grande. Nuestro querido guerrero no sabía si mirar asqueado al escudo o con preocupación hacia el escándalo armado hacia la zona del bosque. Y el bulto se hacía cada vez más grande, y más grande, lechuga tenía cada vez más arcadas y se le iba dilatando la boca (o la obertura por donde hablaba), ya no lloraba ni decía nada, le dolía todo y el ruido era más y más fuerte.

De golpe, apareció todo el pueblo ante el escudo y el guerrero. Un grito demencial apareció de la boca de Lechuga que empezó a salir algo alargado con un sospechoso color anaranjado (¿el óxido del escudo?) con un timbre de voz muy agudo dispuesto a reventar todos los tímpanos cercanos. El pueblo, horrorizado empezó a correr desesperados hacia el castillo de la gran dragona.

– Jjjj..je, je, je… ¿A que es bonita mi zanahoria? – Dijo Lechuga.

– Laaaaaaaaaaaaa – con voz de pito, dijo Zanahoria – huelo a… ¡¡Dragón!!!

Se posó en la mano de nuestro querido guerrero, que agarraba con la otra a Lechuga y salió disparada medio volando y llevándose a los dos hacia el castillo. De mientras, las dos mulas contentas de volverse a ver, decidieron ir a dar cuenta a un suculento matorral que había cerca.