Sin comerlo y sin beberlo, nuestro querido guerrero tenía una profesión, un lugar donde dormir y sobre todo, lo que más le interesaba a él en ese momento: comida. Le dejaron una choza pequeña, o mejor dicho un trozo de ella y se le ofreció una moza, que salió corriendo al ver al escudo chillando que quería su chocolate con nata.

Al día siguiente, tocaba ronda y dar informe a la caballería de caballos-no-alados-maldita-monocracia, sobre lo que había sucedido con el dragón, que como estaban tan cansados, habían vuelto a descansar. Ellos, sabían que la dragona-lacitos también había vuelto a descansar y que segurísimo estaba muy cansada para ser molestada con el papeleo y las explicaciones (no era porque tuvieran miedo de molestarla, que ellos son muy valientes, que conste). Así que la caballería campesina con burros y campesinos tenían que llevar el informe (ya se sabe, cosas monocráticas) al castillo Don Lacitos, bautizado así por esa gran hembra que vivía allí (grande de hermosura, no de tamaño, evidentemente).

Cuando nuestro querido guerrero se enteró delo que tocaba hacer (algo similar a enfrentarse a otro dragón) empezó a lloriquear desesperadamente rezando a quien fuera para que cambiaran de idea, pero no. Le dieron una mula muy cabezona, a la que subió mientras el escudo seguía llorando y empezaron a hacer el camino…