El escudo había armado tanto follón que la nube ese empezó a acercar cada vez más hacia el lugar donde se encontraban. Lechuga, mareado y tal como estaba, deseó poder arrastrasxe a los brazos de su dueño, a ver si así se sentía más seguro (aunque jamás lo admitiría).

La nube, resultó ser un dragón gigante con muchos lacitos, por lo que se podía deducir que debía ser una dragona (se supone que dentro del mundo dragonil, seguro que era guapa, aunque… ya se sabe, lógica dragoniana).

Por el suelo, también llegó la caballería, aunque en realidad eran campesinos con burros que perseguían a la dragona desde los pueblos más cercanos, porque claro, los caballos del reino tardarían un par de horas de llegar y había que defenderse de los enemigos… ¡¡Y todo por ilegalizar el estudio mágico de caballos alados!! Maldita monocracia…

Y bueno, la dragona al final apareció cara a cara contra el dragón y puso cara de muy enfadada…

– ¿¡Por qué me molestas!? – dijo ella con un tono algo forzado imitando un enfado – ¿¡No ves que estoy de vacaciones!?

– Pero… cariñitio… – ahora el dragón parecía pequeñito, pequeñito y muy humilde… – yo te necestio…

– No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra NUNCA MÁS, y deja de trare a capullos a “rescatarme” – Se oyó una ligera risa coquetona, y la dragona con lacitos se marchó por un lado mientras que el dragón cabizbajo y pensando cómo sorprenderla, por el otro. Dejaron nuestro querido guerrero y a un escudo lloriqueando ahí abandonados, para que se las arreglaran por su cuenta.