– Ja, ja, ja, ja, ¿qué tienes hambre, mi querido compañero? – Dijo el dragón divertido. Al guerrero se le transforma la cara, no sólo es filósofo sino que también es dado a los chistes – Los humanos sois las mejores mascotas que un dragón pueda desear.

– Lo que no entiendo… – dice nuestro querido guerrero, un poco mosca y algo avergonzado – es, ¿cómo una “mascota” puede atrapar a una princesa?

Las risas del dragón cesaron, se mostraba cabreado, tal vez fuese ese su verdadero carácter -lógica dragoniana, ya se sabe que es ilógica-. Cogió al nuestro querido guerrero y alzó el vuelo. Lechuga (que casi se olvidan de él porque estaba muy callado últimamente) empezó a roncar, se había dormido porque según él las convesaciones dragon-humano son aburridas, con la esperanza que no lo abandonaran ahí. El dragón se dio cuenta a tiempo y dio media vuelta para cogerle con la otra zarpa, mientras este se quejaba de la brusquedad del transporte, que iba a buscar otra compañía que no le abollara.

El dragón siseó “¡¡humanos!!” algo asqueado y fueron en busca de su amada secuestrada.