– Pri… princesa.. – dijo el guerrero valiente.

– Sí, compañero, nuestra amada princesa. Están en un castillo lleno de cosas raras, algo que parecen botas con pinchos pero que no pinchan, y una especie de piedras redondas que son blancas blancas y negras. El tío es fanático de algo que es ir detrás de las piedras estas y meterlas dentro de un marco muy grande.

– Piedras redondas.

– Sí compañero, que les dan patadas, motivo por el cual entiendo que usen esa especie de piedras blandas, podrían hacerse daño. También lo llamaba de una forma rara.. Juntaba la piedra con el pie.

– ¿Piedra-pie?

– Sí compañero, los humanos sois muy raros. – El guerrero gimió, no podía hacer otra cosa, le había tocado un dragón que le gustaba filosofar sobre las aficiones humanas, ¿qué podría ser peor que eso? Tal vez estar muerto, por eso le seguía la conversación.

– No creo que haya nada parecido que se llame piedra-pie.

– ¿A no, compañero?- El tono del dragón se mostraba cabreado, tal vez fuera porque no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.

– ¿No sería algo como balón-pie?

– ¿¿¡Balon-pie!?? Venga va, compañero, los humanos tenéis mal gusto, pero, ¿tanto?..

Y nuestro querido guerrero se mordió la lengua sabiendo que el dragón no sabía de qué hablaba. Sí que existía ese deporte, lo practicaba la gente “civilizada” que chillaba, mataba y pegaba por lograr que ganaran los de su bando. Pero claro eso no entraría jamás en la lógica dragoniana.

– Por cierto- dijo tímidamente nuestro querido guerrero- aún no sé tu nombre.. ¿cómo te llamas? Si vamos a ser compañeros…

– Es cierto, no sabes mi nombre – dijo el dragon. De golpe, apareció una sospechosa sonrisa en su boca.