Una vez limpio, el dragón se relajó y se puso a echar una siesta, no sin antes atar a nuestro querido guerrero a una piedra casi tan grande como el dragón (casi porque sino el dragón no habría tenido cuerda suficiente para atarle) no fuera a ser que nuestro querido guerrero valiente se fuera a escapar. Y ahí estaba, escuchando unos sonidos ligeramente sospechosos, algo tenebrosos, tal vez oscuroso o más bien demoníacos, el guerrero se lamentaba.

– Ayyy que me ha venido a salvar, eres el mejor tío- Decía Lechuga feliz y contento.

– Ayyy dios mío, ¿y ahora qué hago? – Suspiraba el guerrero, entonces ve a la muchacha – Perdona.. ¿pero me podrías desatar?

– No sé si debo..

– Venga mujer, ambos estamos huyendo de la bruja piruja.

– Pero primero hemos de hacer un trato, ¿vale? – Levanta una ceja mientras lo dice, y espera la reacción del guerrero, que muestra interés, pero no demasiado en el trato – ¿Te cuento de qué se trata? – Ve cómo el guerrero asiente – Me tienes que dar un beso en los labios y te desato.

El guerrero se queda en silencio, qué cosa más absurda, pero bueno, si sólo es un beso. Accede, y le da un beso. De golpe, la muchacha sonríe feliz y contenta y para asombro y horror de nuestro querido guerrero se empieza a transformar en un sapo…

– Jo, jo, jo, jo – el guerrero ve quién está riéndose, es el dragón que lo mira – ¿Acaso no sabías que los sacrificios son princesas sapas?

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