– ¿Señor? ¿Seeeeeñor? ¿¡Seeñooooor!? – El guardián que lo había encontrado estaba muy espantado.

– ¿Eh? – Se despertó el guerrero, estaba tenso y alerta, pegó un bote, se puso en posición para un ataque.

– Señor…

– ¿Dónde han atacado? ¿A quién tenemos que matar? Mataaaaaaaaaaaaar… – Sus ojos estaban rojos y babeaba como un perro sarnoso y con rabia delante de un suculento trozo de carne.

– Señor…

– ¡Al ataque! ¡Dragones! ¡Guerreros! ¡Magos! Todos a mí… ¡¡¡¡A MÍ LA GUARDIA!!!! ¡Los vamos a machacar! … ¿¡Dónde están mis armas!? No te quedes allí parado, ¿no lo ves? ¡Nos intentan conquistar!

– Señor…

– ¡No sé de dónde sacan los soldados, pero cada vez son más desobedientes! Como lo hacía en la granda, yo lo guisaré y me lo comeré con… con… con… mmmm ¡lechuga!

– ¡Eh tío! Ahora me molas, ¡¡vamos a joder al personal!!… ¡¡¡¡YEHAAAAAA!!!! – El escudo intentaba saltar de la alegría, pero pesaba demasiado.

– ¡¡Vamos a matarlos a todos!! – Con la armadura puesta al revés, cogió el escudo, se montó en una mula y… – ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡A MÍ LAS ARMAS!!!!!!!!!!

Sus luchadores vieron la situación, no entendían nada, aún menos que unas palabras malsonantes salieran de una voz misteriosa. La mula estaba mosqueándose y los tiró al suelo. Su ejército no daba crédito a sus ojos, cuando el guerrero intentó subirse a una vaca, se ganó una coz de esta.

Un mozo de establo, le trajo su caballo, el guerrero montó y salió disparado hacia el horizonte. Su ejército estaba pasmado, algunos le intentaron seguir, pero perdieron la pista en un precipicio.