Nuestro querido guerrero salió de las profundidades del abismo que el susto y la sorpresa, junto a un toque de ‘canguelis’ le provocaron y de regalo un buen golpe en la cabeza. Se encontraba en la sala principal del fuerte, allí hablando amistosamente estaban el Nigromante y varios de los soldados que estaban al servicio del guerrero ‘valiente’.

Le dolía la cabeza, suponía que era del golpe que se había dado. Y antes que se fijaran en él, sus luchadores, volvió a disimular su desmayo, prefería oír lo que estaban diciendo, no se fiaba nada…

Pero no oyó nada, abrió los ojos y observó que el Nigromante le estaba mirando, supo que tendría que luchar contra él y contra todos los enemigos que estaban fuera… tenía ganas de volverse a desmayar. Antes que alguno de sus soldados se diera cuenta que estaba disimulando, se alzó y les miró.

– Ya era hora… – Siseó el nigromante.

– La.. la comida me debió sentar mal – Intentó inventarse el guerrero, no era muy dado a las improvisaciones, aún así fue bastante creíble.

Sin decir palabra, acompañó al Nigromante cuando él le hizo un ademán para salir fuera a solucionar el problema… Una vez salieron, cuál fue su sorpresa cuando vio una masacre absoluta y todos los cuerpos de los dragones, de los trolls, de los minotauros y de las cosas amorfas destrozados y hechos pedacitos, y que con mucha paciencia podrían ser reconstruidos.

Uno de los dragones, aún se movía y el nigromante fue para ver que había pasado. Nuestro querido guerrero, curioseado por semejante destroce, y aunque no quería saber nada de qué lo había provocado (posiblemente una criatura mucho más horrorosa), pero prefería saberlo a quedarse solo en medio de tantos ‘trozos’.

– ¿Qué ha pasado? – Preguntó el nigromante más bien asustado al dragón…

– El dragón rojo empezó, me llamó feo… – Consiguió murmurar y murió.