El duelo fue programado para cinco días después de ser declarado, tal y como las normas caballerescas dictaban. Nuestro valiente guerrero por miedo de ser juzgado y sentenciado a muerte a base de tomatazos horneados con pimienta (una muerte muy molesta, pues no paras de estornudar) decidió aceptarlo. Las normas eran muy claras: acéptalo o muere.

Estaba esperando en su habitación, hecho un manojo de nervios con la esperanza de que el mensajero que había enviado para aceptar el duelo le dijera que el Rey Mato-Todo-Lo-Que-Pille hubiera decidido ir a pelearse en otro lado y olvidarse de él. No le gustaba esta espera, pero el protocolo era muy claro: si no se confirmaba y aceptaba el duelo vía mensajero, aquellos que habían sido derrotados por los duelistas podían apelar contra éstos.

Llegó el mensajero, confirmando el duelo. Cinco días, eran los que le quedaban de vida. Se resignó. Lo tendría que aceptar, así que empezó a preparar el papeleo. A nuestro querido guerrero había una cosa que le gustaba aún menos que morirse, tener que escuchar las peleas desde el más allá relacionadas con sus posesiones y el heredero de ellas.

(Cinco días después).

El sol brillaba felizmente sin ser consciente que allí había un Rey imbatido gracias a su esfuerzo frente a frente contra a un pobre desgraciado que aún no sabía cómo había llegado tan lejos a base de potras y situaciones de lo más dispares.

Le tocaba elegir las armas y nuestro querido guerrero no sabía qué arma escoger, había diferentes tipos de espadas, hachas, mazas y garrotes, cada uno tenía su nombre dentro del argot legionario y él lo desconocía. Para evitar hacer el ridículo y a su vez intentar romper el hielo, probó con bromear o tal vez no, tal vez fuera en serio, eso nadie lo supo ni sabrá.

– Qué te parece si lo elegimos a suerte – Comentó, aunque parecía más una súplica que un comentario, con una sonrisa forzada se enfrentó a su adversario y a su respuesta.

– Eso es.. ¿legal? No está escrito como posible elección – El tono de sorpresa y desconfianza estaba presente en todo su esplendor.

– Que yo sepa, tampoco está prohibido – Replicó nuestro querido guerrero.

– Bueno, y como lo hacemos ¿Alguna idea? – Viendo cómo su adversario se tomaba en serio la ilógica idea, el Rey lo comentó con sarcasmo, todo esto era absurdo.

– YO, YO – saltó un niño con una sonrisa mellada y sucio, no debía de estar allí, pero estaba presente – Lanzad una flecha hacia arriba y cuando caiga, el arma que esté más cerca será la del duelo.

– ¿Os gusta la idea? – Dijo el Rey desconfiando.

– Bu.. bueno… – No quería admitir que no sabía lanzar flechas, así que optó por aceptar. Si vos la aceptáis…

– De acuerdo, ¡Escudero! Trae un arco y una flecha, le toca a éste elegir arma – El Rey Mato-Lo-Que-Se-Me-Antoja le señaló de forma despectiva a nuestro guerrero, cosa que lo puso más nervioso (si eso era posible).

Le dieron el arco y la flecha a nuestro querido guerrero, todos se apartaron, la colocó y disparó…

¿Dónde está la flecha? Miraron, y no había salido disparada, al menos, en la dirección correcta. Había caído al lado del guerreo valiente, al lado de un saco de panes.

– ¡Las armas van a ser panes! – El niño estaba muy ilusionado, gritaba, a punto de romper a llorar de la ilusión – Va a ser el mejor duelo que haya visto nunca – Es posible, que fuera el primer duelo que veía.

El Rey no podía creer lo que veía, tenía que luchar con una barra de pan como arma. Estos panes eran bastante duros, si dabas fuerte podías dejar inconsciente a tu adversario, pero era ridículo. Un duelo con barras de panes… sería el hazmerreír de toda la sociedad de Reyes, héroes y guerreros.

Nuestro querido guerrero estaba sorprendido, algo tranquilo, los panes eran menos doloroso que otras armas. Se puso en posición, mientras el Rey le imitaba. Preparados, listos y…

El Rey se lanzó con la esperanza de darle un buen panazo y dejarlo inconsciente, aunque era algo ridículo, más valía ganar o su carrera sí que estaba perdida. No sabemos cómo pero el guerrero esquivó el golpe, hay muchas dudas al respecto, pero parece ser que soltó el pan y se protegió con las manos, como un niño pequeño cuando se protege de los azotes de su madre.

El Rey se desequilibró y estuvo a punto de caer de bruces al suelo. El valiente-no-valiente guerrero aprovechó para coger el pan, y prepararse para el próximo ataque. Y allí vino, corría, mucho, miedo, temblar, un paso atrás y…

¿¡Pero quién ha puesto esta piedra aquí!? Intentando mantener el equilibrio, nuestro guerrero empezó a mover locamente los brazos, y en una de estas le dio de pleno en la cara del Rey.

– Ja, ja, no me has hecho daño, ¿os creéis posible que me vais a ganar con ese golpecito… – Tos, más tos, se ahogaba.. no se sabe cómo pero un trozo de pan se había quedado incrustado en las vías aéreas del Rey y se estaba ahogando…

PLUM, inconsciente, al suelo. No se sabe si murió o se salvó. El guerrero consternado, abandonó la zona de lucha.. una vez más había ganado.